jueves, 10 de septiembre de 2015

MALVINAS 2014 LA MIRADA DEL OTRO


Port Stanley, 2 de abril de 1982

La mirada del otro

En 1982, John Fowler era responsable de Educación en el gobierno colonial de las islas Malvinas. En un libro apasionante, relata cómo vivieron
los isleños la llegada de las tropas que, enviadas por la más feroz dictadura que hubiera sufrido la Argentina, venían a “liberarlos”. Reflexiones en primera persona de un hombre que, desde el presente, trata de entender qué sucedía en aquellos días de locura y muerte.



Llegada y rendición. Conscriptos argentinos cargados de ilusiones y temores llegan a Malvinas a cumplir su juramento de defender a la Patria. Los Royal Marines británicos cuando se rinden a los comandos argentinos, la mañana del desembarco en las islas. | Foto: Cedoc
Como superintendente de Educación para el gobierno de las islas Falkland entre 1980 y 1984, ocupé una oficina en la planta baja del Secretariado de Stanley, un edificio de bloques de concreto grande y en cierto modo sombrío, emplazado en una ubicación elevada y ligeramente retirado de la calle Ross. Desde mi ventana en el ángulo noreste podía ver, si me paraba, el puerto de Stanley y las colinas bajas que se extienden del lado más alejado de aquél. Pero sentado en mi escritorio normalmente sólo podía ver la bandera del Reino Unido en lo alto de su mástil; ella y los dos vetustos cañones que flanqueaban el portal de entrada daban algún indicio de la importancia del edificio. Cada mañana, a las ocho, alguno de los empleados administrativos de menor rango la izaba; era arriada todos los días a las cuatro y media en punto. Entre esas horas, si pasaba demasiado tiempo contemplándola, cosa que hacía a menudo a falta de otra ocupación, a veces parecía ejercer un efecto hipnótico.
Mi oficina contenía un escritorio metálico con su correspondiente silla giratoria, un anaquel para libros y una pesada caja fuerte de metal pintada de gris, cuya llave guardaba en mi escritorio. La caja albergaba una llave más imponente, una de las tres requeridas para abrir la bóveda del gobierno donde se guardaban los billetes de banco nuevos que aún no se habían puesto en circulación y los viejos antes de que fuesen destruidos. En la caja también había una carpeta roja marcada «Confidencial» y cerrada con una cinta roja. No contenía más que un extracto de lo que obviamente era un documento más largo; eran instrucciones para el secretario de Educación acerca de lo que debía hacer en caso de invasión. Estas instrucciones, obviamente escritas durante algún pretérito período de alta tensión, eran tan breves como imposibles de llevar a cabo: yo debía usar un radiotransmisor ubicado en mi oficina para contactar al internado de Darwin, a unos 110 kilómetros de distancia, y sin camino directo para llegar, y alertarlos sobre lo que ocurría. Como último director de esa escuela antes de que fuese cerrada y abandonada, sabía que no había allí nadie para recibir tal mensaje, aun si mi oficina hubiese contado con el radiotransmisor con que enviarlo. No había otras instrucciones.
Inmediatamente arriba de mi oficina estaba la del secretario colonial, el segundo hombre en importancia en las Falkland después del gobernador. El resto del sector este del piso superior estaba ocupado por una sala de conferencias y por las oficinas de la secretaria del secretario colonial y de funcionarios diversos, mucho más pequeñas que las de su jefe. El ala oeste contenía una gran oficina general. La oficina del secretario colonial estaba amueblada como un club de caballeros: debidamente alfombrada, con inmenso escritorio de madera, anaqueles colmados de tomos imponentes y un sector con sillones de cuero y una mesa de café; pero el resto del Secretariado tenía un aire de raído y sórdido utilitarismo. No era una atmósfera de alfombras y grabados de asuntos ecuestres, sino de almanaques pasados de fecha y linóleo marrón.
En 1982, el secretario colonial era Dick Baker. Supongo que tendría cuarenta y tantos o cincuenta y pocos años, y parecía una versión juvenil y vigorosa del ex primer ministro británico Harold MacMillan. Dick era una persona afable, pero algunos de sus predecesores fueron tiranos habituados a ejercer poderes de vida y muerte sobre los nativos de los rincones más lejanos del imperio británico. Tal vez un residuo del temor a contrariarlos fuese lo que explicaba el silencio sepulcral que reinaba en el lugar por entonces. O quizás no se tratase más que de un reflejo de la quietud de domingo escocés propia de Stanley, una quietud que a veces se volvía tan densa que la imposibilidad de hacerle mella era lo único que evitaba que uno prorrumpiese en gritos y alaridos de desafío. Como fuere, aquí bastará decir que, si hubo alguna excitación cuando los jefes de todos los departamentos gubernamentales fueron convocados de manera repentina a las cuatro y media de la tarde del 1º de abril a una reunión inesperada e inusual en la casa de gobierno, ni un pálpito de ésta se hizo sentir en el interior semejante a una tumba del Secretariado. Era evidente que estaba ocurriendo algo importante, y que lo más probable era que tuviese algo que ver con la noticia de que una fuerza militar argentina había sido descubierta en una isla de las Georgias del Sur, que dependían por entonces de las islas Malvinas. Al parecer, habían llegado allí en el mismo barco que un equipo de trabajadores enviados por un empresario argentino que tenía un contrato para recuperar la chatarra de una de las factorías balleneras abandonadas de la isla.
En esos momentos, el HMS Endurance, rompehielos de la Armada Real, que debería haber estado llevando al pequeño destacamento de Royal Marines (la infantería de marina británica) destinado a las Falkland que ya habían terminado con su campaña a Montevideo, había cambiado el rumbo y se dirigía a las Georgias del Sur con algunos de esos infantes a bordo.
Por milagro, un reducido grupo de periodistas de Londres había llegado a Stanley, con la esperanza de poder seguir viaje desde ahí hasta aquella remota isla en el límite del círculo antártico para cubrir la noticia. Puede que la acción estuviera en las Georgias del Sur, pero ciertamente no se la percibía en el Secretariado de Stanley, ni entre los dos mil habitantes de las Falkland, que se inclinaban a atribuir lo que fuere que estuviese sucediendo a renovados alardes militares de la Argentina referidos a sus pretensiones sobre las Falkland.
Este reclamo territorial sobre las Falkland, o Malvinas, como las llaman los hispanoparlantes, databa de 1833 y había permanecido aletargado durante muchos años, desde la llegada de Perón al poder. Pero tendía a explotar en palabras imprudentes y a veces en hechos aun más imprudentes cuando los sucesivos gobiernos de Buenos Aires se veían en la necesidad de distraer la atención de sus ciudadanos de su propia ineptitud. Estábamos acostumbrados a ello. Fuera lo que fuese aquello que estaba pasando y que el gobernador nos quería comunicar, no había por qué alarmarse, en especial en una tan bella tarde de veranito extemporáneo, con el agua del puerto de un azul centelleante y una leve brisa que traía el aroma dulce y familiar del humo de turba por sobre los techos de chapa predominantemente rojos y verdes de la pequeña ciudad.
Las reuniones de todos los funcionarios de mayor rango de la administración eran, por fortuna, infrecuentes; en el raro caso de que llegaran a celebrarse, tenían lugar en torno a una mesa de conferencias del Secretariado o quizás en el sector administrativo de la casa de gobierno, que por entonces se alzaba en relativo aislamiento, con la parte más vieja de Stanley al este y el suburbio, más reciente, al oeste. Esta parte de la ciudad, alguna vez conocida como Pequeña Italia, era una suerte de gueto portuario compuesto de bungalows ocupados sobre todo por funcionarios contratados provenientes de Gran Bretaña y sus familias; yo era uno de ellos.
Los más o menos doce funcionarios públicos jerárquicos que llegaron a la reunión convocada en el extremo oeste de la casa de gobierno, donde estaban las oficinas y la sala de conferencias, se sorprendieron al verse conducidos a la sala de recepción principal, que vincula las dos alas de la casa y da acceso a un invernadero que se extiende a lo largo de la sección central originaria. Incómodamente sentados en el borde de sofás revestidos de zaraza o en sillas de madera de tapizado acolchado, de ésas que te desafían a sentarte si no te atemoriza la posibilidad de que cedan bajo tu peso, abochornándote al mismo tiempo que se transforman en una carísima pila de leña, nuestros escasos temas de conversación no tardaron en agotarse. Es probable que la mayor parte de los presentes hubiera frecuentado alguna vez esa sala, una ginebra con tónica en la mano, en alguna celebración. Pero en pleno día, sin un trago en la mano, nuestra estadía comenzó a volverse incómoda; transcurrieron diez minutos, que se transformaron en quince y después en veinte, y aún no teníamos ni el menor atisbo de por qué habíamos sido convocados. Al fin, el gobernador Rex Hunt apareció. Como ocurre con muchos hombres de baja estatura acostumbrados a dar órdenes, sus movimientos solían ser vivaces y enérgicos. Pero esta vez no se contoneaba. Se dirigió al extremo este del recinto, donde está el hogar, nos pidió disculpas por habernos hecho esperar y se sentó durante unos cuantos minutos en una pieza de mobiliario baja, la cabeza entre las manos; creo recordar un escenario bajo o una tarima, pero no veo por qué habían de estar ahí. Cuando finalmente habló, fue para leernos el ahora famoso mensaje que había recibido del Foreign Office. Comenzaba diciendo que se creía que una fuerza naval argentina estaba en camino a las Falkland y que esperáramos ser invadidos al amanecer. Concluía con la poco útil instrucción al gobernador de que “tomara las disposiciones del caso”. De pronto, todos estábamos tan azorados como Rex (...).
Harold, a quien posteriormente los argentinos apodarían “Beethoven” por su melena cana y frente prominente, era el veterano secretario de Finanzas del gobierno de las islas Falkland y Phil era el vicesecretario colonial, así como también el oficial al mando de la fuerza de defensa de las islas, que, por entonces, era una suerte de “ejército de fin de semana”, muy distinto a la fuerza bien entrenada y equipada de hoy. Buena parte de la reunión que siguió al anuncio del gobernador se dedicó a decidir si esa fuerza compuesta de ancianos y jovencitos, sumada al destacamento de unos treinta hombres de la Real Infantería de Marina y de los pocos hidrógrafos navales que se encontraban casi por casualidad en Stanley, debía ser desplegada para resistir al invasor. Uno de los problemas era la falta de un sistema de comunicación entre ambos grupos; otro, que los infantes de marina que habían partido en el HMS Endurance se habían llevado lo mejor del armamento algo anticuado de la fuerza de defensa. Al fin, se tomó la decisión de desplegar la fuerza de defensa para proteger las principales instalaciones que rodeaban la ciudad. Aun así, se temía que fueran a ser masacrados si no se rendían ante lo que podía resultar una abrumadora superioridad de las fuerzas invasoras.
Según lo expuesto por el mayor de la Real Infantería de Marina, la invasión se desarrollaría a partir de las playas del este de la ciudad. De modo que recuerdo haber sentido cierta indignación, además de miedo, cuando, al amanecer, oí hacia el oeste de mi casa un sonido que me pareció el de una gran cantidad de cajas de madera que caían sobre concreto. Resultó que se trataba de una avanzadilla de fuerzas especiales argentinas, desembarcada de un submarino cerca de Mullet Creek, al sur de la ciudad. Habían cruzado el campo en la oscuridad para atacar las barracas de la Infantería de Marina en Moody Brook. Por fortuna para los infantes, que podrían haber perecido ahí mismo, el errado análisis que hizo su comandante de la dirección probable del ataque hizo que dejara vacía la guarnición; allí no quedó nadie que pudiera caer bajo las balas o explosiones. En algún momento de la noche decidí echarle llave a la puerta trasera; también lo habría hecho con la principal si hubiese sabido dónde estaba su llave. Creo que fue poco después de oír los sonidos bélicos procedentes de Moody Brook, o quizás haya sido antes, cuando al mirar por la ventana trasera vi un rostro, muy cercano, que miraba hacia dentro. Tardé un instante en reconocer a nuestro amigo y vecino Peter Gilding, quien por entonces también era director de la escuela secundaria; me preguntó en tono quejoso:
—¿Por qué le echaste llave a la puerta trasera?
—Nos están invadiendo.
—Abrela de una buena vez y déjanos entrar.
Un poco desconcertado por su uso del plural abrí la puerta que comunicaba la cocina con un oscuro pasillo cubierto que llevaba a los depósitos de turba y carne. Peter, su esposa Jacqueline, sus hijas Sarah y Debbie y su suegra Alma entraron. Según recuerdo, todos llevaban mantas y se veían asustados.
Un largo pasillo corría de este a oeste por el medio de la casa. Todos los presentes, siete adultos y cinco niños, terminamos por acomodarnos allí, sentados en el piso. Imagino que habremos llevado colchones y uno o dos edredones, pero no recuerdo detalles. Para ese momento comenzaba a haber luz y Patrick Watts, que seguía de guardia en la emisora radiofónica, pasaba menos música tranquilizadora y más informes de lo que estaba ocurriendo, suministrados por teléfono por personas de distintos puntos de la ciudad. En un momento en que entré gateando a la cocina para hacer té, vi, al pararme, algo que parecían ser chispas rojas que se entrecruzaban por sobre el jardín. Me tomó uno o dos segundos entender que se trataba de balas trazadoras; me agaché y seguí gateando. Era evidente que se estaba desarrollando otra batalla y que, como lo indicaban las balas trazadoras, era mucho más cercana. Al parecer, otra unidad de fuerzas especiales argentinas había desembarcado del submarino, dividiéndose después en grupos, uno de los cuales tomó el punto elevado detrás de la casa de gobierno, al sur de la huerta victoriana rodeada por un muro perteneciente a aquélla. Desde esa posición dominante lanzaron un feroz ataque. Lo más curioso era que, en una situación tan inédita como el secuestro aéreo de 1966, recibíamos noticias en tiempo real sobre sus progresos o la falta de ellos ante la enconada resistencia de los reales infantes de marina. Quien las suministraba era el gobernador quien, como más o menos toda la población, estaba cuerpo a tierra, más precisamente bajo una mesa, mientras procuraba familiarizarse con el mecanismo de un revólver que le había prestado uno de los infantes. Todo el tiempo llegaban informaciones de diversos testigos presenciales, que telefoneaban a la radio. Algunos, como el gobernador, lo hacían desde debajo de una mesa. Otros, como un hombre que telefoneó para decir que podía ver las estrellas por el agujero que un mortero había perforado en su techo, desde debajo de la cama. Fue la primera guerra en el mundo que se haya transmitido por teléfono.
Minutos después de la conmoción que experimenté al ver por primera vez a un soldado argentino, se me presentó la ocasión de tomar una fotografía que, creo, habría sido tan icónica como el célebre (y escenificado) izamiento de la bandera de los Estados Unidos en Iwo Jima. Estaba parado en el porche de mi casa, con mi cámara fotográfica en mano, cuando pasó por ahí la unidad de las fuerzas especiales argentinas que había atacado Moody Brook. Iban vestidos con uniforme de combate, armados hasta los dientes y con los rostros ennegrecidos. Marchaban rodeando a un grupo de prisioneros de la fuerza de defensa de las Falkland encabezado por Gerald Cheek. Los prisioneros iban con la cabeza alta. La mayoría de ellos no eran precisamente jóvenes. Iban ataviados con lo que parecía una abigarrada colección de distintas partes de uniformes de la Segunda Guerra Mundial, y acarreaban sus armas en una gran bandera británica que llevaban a modo de camilla. Me habría bastado con bajar del porche, llevarme la cámara al ojo y tomar la foto, pero la apariencia fatigada y amenazante de los argentinos me amedrentó. Todavía me arrepiento de mi cobardía.

ARGENTINA El sueño de un soldado: recuperará el casco que usaba en Malvinas

Diario "Clarín". Buenos Aires, 3 de setiembre de 2015.

El sueño de un soldado: recuperará el casco que usaba en Malvinas

A 33 años de la guerra.Lo había comprado un coleccionista argentino que vive en Londres, que se enteró de la historia y viajará para devolvérselo.

José Muñoz llegó a la guerra de Malvinas en un buque de carga que después los ingleses hundieron. Y cuando él y su grupo se rindieron, les sacaron todo. Hasta los cascos. Más de 30 años después, Matías Miccio, un argentino mecánico de aviones que vive en la muy británica Cambridge, compró por 700 libras en el sitio de Internet eBay un casco que lleva el nombre José Muñoz.
Las historias se cruzaron. El último 2 de abril, Paola Muñoz, prima del ex soldado, publicó en Internet los recuerdos de guerra de su primo. Matías los leyó, llamó a Paola por teléfono y le dijo que tenía el casco. “No puedo enviárselos porque las leyes de Inglaterra me lo prohíben”, les dijo primero. Pero luego averiguó mejor y lo podrá traer. “Yo quería asegurarme que todo fuera legal, que pudiera sacar el casco de Inglaterra con los impuestos correspondientes porque es una pieza histórica. No quería tener un sólo problema para poder llevarlo a Argentina. Pero si se puede ¿cómo no se lo iba a entregar? Se lo doy con mucho gusto”, contó por teléfono Matías a Clarín.
José todavía no puede creerlo, pero se siente feliz. “Matías nos comunicó que vendrá el 2 de abril próximo a traerme el casco. Esto habla muy bien de él. De una persona que se interesó por conocer a quién lo llevó puesto en la guerra. Otro tal vez no se hubiera preocupado en encontrarme. Para mi es una emoción enorme”, le dijo a Clarín. Y explicó cuál será el destino del casco: “En un principio va a quedar en mi poder, pero cuando terminen el edificio de los veteranos de guerra aquí en la ciudad de Sarmiento, Chubut, pasará a ser parte del museo porque así lo pidió Matías y creo que debo hacerlo porque su actitud lo merece”.
“Sentí que lo correcto era reunir el casco con José y el resto de los veteranos de Malvinas y que quede en un museo, donde pueda ser apreciado por futuras generaciones y mantener la historia viva”, subrayó Matías al sitio El Patagónico.
La pasión de Matías por los cascos comenzó en su infancia. Con gran esfuerzo fue comprando cada uno de la pequeña colección que tiene: uno de la Primera Guerra Mundial, otro de la Segunda que lleva un nombre alemán y el argentino, entre otros. El de Muñoz lo compró en eBay a 700 libras (1.072 dólares) en dos cuotas, ante el asombro de su novia. Es un hobbie que le cuesta mucho, porque es un trabajador asalariado que vive “mes a mes”. Eso le da un valor extra a su regalo: “La plata va y viene. No importa”, cuenta Matías.
Parece ser que quien había obtenido el casco era alguien que fue enviado seis meses después de la guerra a las Malvinas a limpiar los rastros del conflicto. En el aeropuerto encontró una pila de cascos argentinos, aparentemente recolectados tras la rendición, y se llevó algunos. Entre ellos, estaba el que llevaba el nombre de Muñoz.
“Cuando traiga el casco, creo que Matías va a venir con sus padres”, se proyecta en el tiempo José. Hace más de 30 años que espera reencontrarse con su historia. 

Colaboró Carlos Guajardo, Chubut

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Diario "La Capital". Rosario, Jueves, 03 de septiembre de 2015 

Un coleccionista devuelve el casco a un ex soldado de las Malvinas

Gran Bretaña. El argentino que compró el casco en la ciudad inglesa de Cambridge viajará a Chubut en abril para concretar la entrega del objeto de guerra.


Es tuyo, josé. El coleccionista argentino Matías, con el casco de José Muñoz.
El coleccionista argentino que compró en Inglaterra un casco de un veterano chubutense combatiente de Malvinas viajará en abril próximo a la Argentina para entregárselo al ex soldado.
  Así lo expresó el hombre al diario El Patagónico en su edición de ayer, en donde destacó que planea llegar a la localidad chubutense de Sarmiento para devolverle el casco al veterano José Muñoz.
  “Sentí que lo correcto era reunir el casco con José y el resto de los veteranos de Malvinas, que quede en el museo donde puede ser apreciado por futuras generaciones y mantener la historia viva”, confió Matías, desde la ciudad inglesa de Cambridge.
  La historia del casco se conoció el 25 de agosto pasado cuando Muñoz, de 53 años, recibió el llamado de un argentino de 39 años con domicilio en Cambridge, quien se desempeña como mecánico aeronáutico y colecciona objetos de guerra.
  El coleccionista le reveló en una comunicación telefónica a Muñoz que había comprado el casco con su nombre escrito a mano a un militar inglés y le envió fotos para demostrárselo.
  El argentino residente en Inglaterra supo del veterano por un artículo periodístico que escribió el pasado 2 de abril en un medio local la periodista de Sarmiento Paola Muñoz, prima del ex soldado.
  El comprador del casco explicó que, a través de un amigo de un militar inglés, había adquirido el casco que Muñoz usó durante la guerra, identificado por su nombre escrito a mano.
  Muñoz ingresó en febrero de 1982 como conscripto al Regimiento de Infantería Mecanizado 25, con asiento en Sarmiento, y fue enviado a Malvinas el mismo 2 de abril.
  El soldado fue tomado prisionero por los ingleses el día de la rendición argentina, ocurrida el 14 de junio de 1982.

Emocionante. José Muñoz podrá volver a tocar el casco que utilizó hace 33 años en la Guerra de Malvinas. Así lo confirmó Matías, el coleccionista argentino que lo compró y luego de una semana de gestiones confirmó que puede traerlo al país. “Esto para mí fue, es y siempre será una experiencia emocionante e inolvidable. Es un sentimiento hermoso poder hacer esto”, manifestó en diálogo con El Patagónico. Fueron siete días de emociones, tanto de este como del otro lado del océano. José Muñoz, de 52 años, y Matías, de 39, no olvidarán esta semana, donde gracias al destino se pusieron en contacto, dando origen a una nueva historia de la posguerra del conflicto de 1982, que tuvo como protagonistas a Argentina y el Reino Unido, y que ahora suma un nuevo capítulo.
  Es que ayer el coleccionista confirmó a El Patagónico su deseo de viajar a Sarmiento y encontrarse con el veterano de guerra para, en persona, entregarle el casco que alguna vez utilizó en 1982. “Sentí que lo correcto era reunir el casco con José y el resto de los veteranos de Malvinas. Que quede en el museo donde puede ser apreciado por futuras generaciones y mantener la historia viva”, señaló Matías desde Cambridge, Inglaterra, agradecido por todo lo que se generó tras su contacto con Paola Muñoz, prima de José quien fue el nexo principal para que todo esto sucediera.
  La periodista publicó el 2 de abril último en un portal de noticias la historia de José en la guerra. La crónica fue leída por Matías, quien al advertir en el casco el apellido de José y su regimiento, el 25 de Sarmiento, comenzó a buscarlo con el objetivo de decirle que lo tenía en sus manos y que iba a ser un honor cuidarlo. Así, el último lunes de agosto se comunicó con Paola y le dio la noticia. Casualmente en ese momento llegó José, quien dialogó con Matías en forma telefónica, dando inicio a esta historia.

Una alegría enorme. La noticia emocionó a Paola, quien confirmó la posibilidad a ese diario. Por supuesto también a José, que no espera la hora de que llegue el momento del reecuentro. “Es una alegría enorme que Matías tenga las mejores intenciones, va a hacer un viaje larguísimo y va a traerlo. Quiero tenerlo mañana, pero tengo que esperar. Soy un privilegiado de Dios, es algo grandioso para mí poder juntarme con este casco que usé en un momento en que mi vida corría peligro, y hoy tener esa satisfacción de volverlo a tener”, agregó. Se espera que Matías llegue en abril del año que viene, si todo sale bien, para un nuevo aniversario de la recuperación momentánea de las islas Malvinas, día en que la Asociación de Veteranos de Guerra de Sarmiento inaugurará su sede y museo.
  En la comunicación de anteayer el coleccionista aseguró que no quiere dinero, tampoco que le costeen los pasajes, sólo estadía para él y sus padres, quienes quieren compartir este momento con él, cerrando esta historia con el reencuentro y un acto en el que José volverá a tener su casco y Matías será reconocido por el gesto que, como dice el antiguo soldado, “demuestra la clase de persona que es”.
El inglés que trajo la trompeta al cabo
El día del 28º aniversario de la rendición en Malvinas, un soldado inglés entregó a un ex combatiente argentino su instrumento musical, retenido por orden de sus superiores en el momento de su detención.
  René Omar Tabárez, ex cabo primero del Regimiento Nº 25 de la Compañía Sarmiento de Chubut que desembarcó en las islas el 2 de abril de 1982, recibió la trompeta de Tony Banks, quien viajó a Buenos Aires para devolverle a Omar su trompeta Stradivarius. Junto a él viajó Jeff Farrel, el periodista irlandés que, a través de una rigurosa investigación, propició el histórico encuentro.
  Oriundo de Concepción del Uruguay, Entre Ríos, Tabárez ingresó al Ejército en 1978 y fue a Malvinas como Corneta de Orden del jefe de Regimiento. Nacido es Escocia, Banks formó parte de un grupo de paracaidistas del Ejército británico que desembarcó en las islas.
  Tras la rendición el 14 de junio, los argentinos fueron arrestados. Entre ellos estaba Tabárez. Le correspondió a Banks la tarea de despojarlo de su trompeta. Cruzaron sus miradas un instante y el argentino fue recluido. Banks jamás olvidaría a ese joven y Tabárez jamás olvidaría su trompeta. Increíblemente, 28 años después, se reunieron para cerrar una dolorosa etapa de sus vidas.
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Diario "La Capital". Rosario, Jueves, 03 de septiembre de 2015 
 

DIEGO GARCIA. IMPUNIDAD COLONIAL

Impunidad colonial

En los 60, el Reino Unido expulsó a los nativos del Archipiélago de Chagos para alquilarlo a la CIA. Hoy, los chagosianos luchan por un retorno que Londres intenta convertir en pesadilla.


En el vasto Océano Indico, lejos de las dos grandes masas continentales, el archipiélago de Chagos agrupa sesenta pequeñas islas y siete atolones, el mayor de los cuales es Diego García. Nos hemos referido a este lugar con anterioridad; es útil ampliar el tema.
Poblado por Francia a partir de la Isla de Mauricio, con esclavos africanos empleados en plantaciones de cocos, el archipiélago fue a dar a manos inglesas en 1814, como resultado de la derrota de Napoleón. La población, francófona, cambió de amo y continuó viviendo del empleo colonial y de la pesca.
Varias generaciones después, movido por la ansiedad de una guerra fría cuya temperatura subía, Washington inició conversaciones con Londres tendientes a establecer una base estratégica en un área en la que no estaba presente. Eran los tiempos de la descolonización, la década de los 60.
El plan que juntos diseñaron se cumplió en tres etapas: la primera, el 8 de noviembre de 1965, consistió en separar el Archipiélago de Chagos de la colonia de Mauricio, creando el BIOT (British Indian Ocean Territory). Mauricio logró su independencia en 1968 y hoy mantiene con el Reino Unido una disputa por soberanía, ya que reclama el archipiélago que le fue amputado mediante un ardid imperial.
La segunda etapa se cumplió con el alquiler de la isla de Diego García al gobierno de los Estados Unidos hasta 2016 y con una cláusula de tácita reconducción –intercambio de notas del 30 de diciembre de 1966–, incluyendo el compromiso de “barrer” y de “desinfectar” (sic) el área.
Para cumplir con este puntilloso deber contractual, se pasó a la tercera etapa: la expulsión de los cerca de 1.700 habitantes. Esto se perfeccionó entre 1968 y 1973 e incluyó la Order in Council de 1971 –algo así como un decreto ley– del gobierno inglés, que exigía un permiso de entrar o salir del archipiélago… a sus propios habitantes. De modo que los chagosianos que viajaban a Mauricio para visitar parientes o atender su salud se encontraban con la imposibilidad de regresar a su hogar, y los que solicitaban el permiso de salir lo hacían ignorando, muchas veces, que no podrían regresar o impulsados por la desesperación por volver a reunirse con los ausentes. Es en estos años cuando se desarrollan los hechos más reprobables, protagonizados por ingleses y norteamericanos.
Llamamos repetidamente la atención sobre esto, porque es indicativo de la delgadez de la lámina de civilización que recubre algunos pretendidos “hábitos culturales”. Y es el caso de los perros de los chagosianos.
Los isleños, a lo largo de décadas, habían logrado enseñar a sus canes cómo pescar en las aguas de las lagunas coralíferas. Y ellos lo hacían con destreza inusual, toda vez que regresaban a la orilla con dos presas de tamaño regular: una para el amo y otra para sí. Ambos, felices.
Pues bien, alarmados por la impaciencia de un almirante, un tal Zumwalt, que había dicho sobre los últimos chagosianos su “famosa” frase: “Absolutely must go” (“se tienen que ir ya”), los militares se dedicaron a capturar unos mil perros de los isleños, los que acto seguido fueron encerrados en un galpón, luego asfixiados con los gases de escape de camiones militares y finalmente incinerados sobre una inmensa fogata de cocos vacíos. Todo ello a la vista de los chicos y grandes que exclamaban y lloraban, viendo cómo una parte de su vida se diluía entre las brasas.
El uso de la cámara de gases para exterminar mil canes, contrapuesto al amor casi obsesivo de los británicos por sus perros, configura una contradicción que, o bien no tiene explicación, o bien refiere a una aplicación anglosajona de criterios de discriminación racial extensibles a los animales. En cualquier caso, una brutalidad injustificable. Pero también un siniestro preludio a los vuelos de “rendición” usados por la CIA para que la base de Diego García fuese utilizada para otros “tratamientos” a supuestos terroristas musulmanes.
Un magnífico documental de John Pilger sobre los desventurados chagosianos incluye una película filmada por unos misioneros hacia 1960, que muestra a las mascotas insulares nadando en la laguna y trayendo los pescados, y entrevistas a algunos viejos isleños. Uno de ellos relata que dos de sus hijos murieron de sagren; otro expresa que muchos no pudieron sobrevivir a lamizer. En su dialecto, que fueron creando a lo largo de cinco generaciones, sagren equivale a chagrin en francés (y a “tristeza” o “dolor” en castellano); y lamizer a la misère (“la miseria”). Un médico local resume: “No hay tratamiento para la tristeza”.
Pasados unos años, los isleños expulsados comenzaron a reunirse y a organizarse, y finalmente iniciaron reclamos ante los tribunales del Reino Unido. Aceptados en primera instancia en 2000 y en la Cámara de Apelaciones en 2007 fueron finalmente rechazados por la Cámara de los Lores en 2008, por tres votos contra dos, emitidos por cinco lores jueces. En junio de este año, 2015, los chagosianos presentaron nuevamente su caso ante la nueva Corte Suprema de ese país.
Frente a la posibilidad de un retorno –aún parcial– de los chagosianos a sus islas (excluyendo Diego García), el gobierno inglés creó una reserva marina que abarca todo el archipiélago, clausurando así todo eventual aprovechamiento del recurso pesquero –a escala artesanal– por parte de los exiliados. Este nuevo ardid, pomposamente bautizado como Marine Protected Area (Area Marina Protegida), fue creado el 1º de abril de 2010 y prohíbe la pesca en el área oceánica de Chagos.
El verdadero objetivo, detrás del disfraz ambientalista, queda develado gracias a un “wikileak” que detalla los diálogos entre el Foreign Office y el Departamento de Estado. En particular, un cable “confidencial” y “no para extranjeros” cursado por la embajada de EE.UU. en Londres dice: “… (la creación del) parque marino hará que los ex habitantes encuentren difícil, si no imposible, continuar reclamando su retorno a las islas, si hacemos de todo el archipiélago de Chagos una reserva marina…”. Mientras, los militares de la base de Diego García pescan y consumen unas 28 toneladas anuales. Dijo Gandhi: “Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena”.

REINO UNIDO. SIN PAPELES BLOQUEARON EL TUNEL DEL CANAL DE LA MANCHA

Diario "Clarín". Buenos Aires, 3 de setiembre de 2015.

REINO UNIDO 2015 PRESIÓN AL REINO UNIDO PARA QUE ACEPTE MÁS INMIGRANTES

Diario "Clarín". Buenos Aires, 3 de setiembre de 2015.